martes, 4 de enero de 2011

los latidos del silencio


El abrió la puerta…como siempre lo hacía: con sigilo, con el silencio que siempre le envolvió…aquel que le sirvió ese día para aparentar aquel tipo interesante, y que más tarde alimento el odio por todo aquello que no supo decir, odio por aquello que les hizo distintos y que ahora les volvía iguales, odio a los 10 de mayo y  a sus aniversarios infelices, odio hacia todos aquellos regalos sin envoltorio, odio por cada una de las palabras escritas en aquellas notas en la nevera, odio por todos aquellos reproches de primero de básica, odio hacia sus pantalones vaqueros en lugar de a los vestidos, a sus amigos en lugar de a los míos…odio por toda su colección de música francesa con la que se había despertado todos los finds desde hacía 5 anos
De la mano de su silencio, recorrió el largo pasillo que separaba la entrada del salón…aquella estancia donde habían convivido su sofá chester y el televisor de sus padres,  mi guitarra y la cadena onkyo regalo de las primeras navidades, aquella lámpara de ikea que nunca se gano el derecho a estar allí  y el tocadiscos philips huérfano de vinilos de chet baker, sus cuadros de Lautrec y mis fotos de win y donata wenders, aquellas de Palermo, aquellas con los ojos de la mezzogiorno, aquellos ojos que tanto me recordaban a ella…
El tiempo se detuvo justo en el mismo punto en donde mi silencio se cruzo con su risa, esa que tanto amaba y que hacía tiempo que ya no le acompañaba cuando paseaba por casa, la risa que cambio por aquel gesto extraño, esa mueca falsa que nació, justo el mismo día que le dije que ya no la reconocía….
Justo a la altura de la lámpara, esa construida con aquella bolsa de papel de camper, justo un paso antes del haz de luz que salía de aquella estancia extraña, su silencio le detuvo…durante minutos, quizás segundos, probablemente horas…
Ni sus risas, ni las de aquella otra voz conocida saliendo de la mano a recibirlos a él y a sus silencios, ni el ruido de sus cuerpos desnudos recorriendo el chester, ni fragilidad de sus palabras impregnadas en su sexo, ni el sonido del contacto de sus labios apagando aquellas risas, ni aquel frio que le acompaño durante años, desde el quicio de aquella puerta, hasta pasados 10 años, nada le producía más dolor que la certeza de que el amor no existía, porque el siempre había callado pensando que alguien escuchaba sus silencios, silencios  que no eran más que el respeto que su voz le había tenido a los latidos de su corazón.



No hay comentarios:

Publicar un comentario